
podrían contar todo tipo de inmundicias. Ese banco ha venido escuchando muchas contradicciones, muchas nostalgias, muchas alegrías. Si los bancos hablasen, ese de la foto podría decir que las chicas que lo estan frecuentando en ese momento se sienten muy jóvenes, muy listillas, con sus grandes reflexiones, sus afirmaciones contundentes acerca de la vida y demás variables. Seguramente querría entrar en la conversación y decirles que no son las primeras ni las últimas con esas inquietudes, que les esperan muchos golpes, más graves que los relatados sobre su respaldo. También pediría por favor que no le rociasen de café con tanta frecuencia.
Una mañana de un mes cualquiera se sentó una chica sobre él a fumar y a beber café con leche. Miró a su alrededor, esperaba compañía, la sonrisa que saliera de la puerta y le viniese a dar un abrazo, un beso de buenos días. Esperaba oir un "voy un momento al baño y ahora vengo". Pero el cigarro se iba terminando y lo único que se le acercaban eran hojas de árboles enfermos de un prematuro otoño. No había voces, sólo las que aquel banco le transmitía a través de la madera y le hacía recordar lo que durante tantos días se contó ahí. Y se sintió sola en aquel lugar donde la soledad siempre había estado anulada por las pertenencias de alguien que había ido a por un café o a por agua. Miró sus manos y sobre ellas se dibujaban las hendiduras de la carpeta que esa mañana ya no llevaba con ella. Recordó entonces que hacía ya tiempo la había dejado sobre la estanteria de las cosas que no se vuelven a usar. Pensó que quizás aquel banco tampoco tuviera utilidad si no había a quien narrar el anecdotario del fin de semana. Se levantó, tirando el vaso de café en la papelera de madera, y se alejó de aquel lugar donde tantas veces se sintió querida.
A mis amigas y amigo de la facultad,
con mucho amor,
yoli.